ECONOMÍA

El Alto aún sufre las secuelas de los bloqueos, donde el diálogo llegó demasiado tarde

Tras 51 días de parálisis, la economía de El Alto, marcada por el comercio informal y los pequeños emprendimientos, enfrenta una profunda crisis que afecta a miles de familias.

Por Dayana Poma · 2 de agosto de 2026

La ciudad de El Alto, conocida como la "capital de los gremiales", ha visto cómo el impacto de los bloqueos durante más de 51 días ha dejado huellas profundas en su economía. Los talleres y ferias que caracterizan la vida cotidiana de sus habitantes se apagaron, afectando a millones de bolivianos que dependen del comercio informal para subsistir.

En El Alto hay alrededor de 44.000 unidades productivas, lo que se traduce en el sustento de aproximadamente 616.000 personas. Sin embargo, tras las protestas, el 15% de estas unidades productivas, aproximadamente 6.600 talleres, debieron cerrar sus puertas de manera definitiva. Edwin Fernández, presidente de la Confederación Nacional de la Micro y Pequeña Empresa de Bolivia (Conamype), señala que el 80% de los emprendimientos tuvieron que despedir a sus empleados, mostrando el costo humano detrás de la crisis.

Durante este tiempo de parálisis, los alteños se enfrentaron a una notable escasez de productos. Verónica Sánchez, comerciante de ropa usada, expresa con claridad el impacto negativo de los bloqueos en la economía familiar, donde cada día es crucial para la venta y el sustento. La producción de confección de ropa quedó estancada, afectando incluso el abastecimiento en fechas clave como el Día de la Madre.

La interdependencia económica entre regiones también quedó de manifiesto. Mientras El Alto detuvo su producción de textiles, el oriente del país, que depende de estos productos, sintió la falta. Esto evidencia cómo las cadenas comerciales en Bolivia están interconectadas, donde la falta de productos en un lugar afecta a otros.

Blanca Arancibia, líder gremialista, ilustra cómo la crisis ha transformado las prioridades de los ciudadanos. La búsqueda de alimentos se convirtió en la principal preocupación, relegando la compra de ropa a un segundo plano. La devaluación del poder adquisitivo se hizo evidente, con los precios de los alimentos disparándose mientras los ingresos se mantenían estancados.

La situación financiera de muchos se complicó aún más, ya que los préstamos y deudas comenzaron a asfixiar a quienes no pudieron generar ingresos durante el conflicto. Para muchos, como Juana Velasco, vendedora de carne de cerdo, el tiempo de espera por el banco no existe, y el aumento de intereses añade más presión a su situación.

A pesar de que los bloqueos han terminado, los efectos persisten, y se estima que la recuperación puede tardar entre ocho meses a un año. La necesidad de un diálogo real y efectivo se ha vuelto más urgente que nunca, pero el descontento entre los gremiales persiste. Se ha señalado que algunas autoridades han privilegiado negociaciones con ciertos líderes, dejando de lado a muchos otros actores importantes del sector.

Mientras la comunidad de El Alto espera la reconstrucción de su economía, la lección que queda es clara: cuando el diálogo se rompe, quienes realmente sufren son aquellos que se levantan cada día para trabajar y sostener a sus familias. La esperanza se mantiene viva en la búsqueda de un diálogo sincero que lleve a soluciones inclusivas para todos.